martes, 6 de marzo de 2007

W.Murray y A.R.Millet. La guerra que había que ganar


Dar una opinión, hacer un comentario, transmitir un estado de ánimo provocado por un libro es algo muy subjetivo. No existen patrones precisos; se puede dar el número de hojas y en esto no hay duda, pero ya al considerar la tipografía entran los gustos personales y también los achaques, ya que no resulta la misma apreciación si se tiene buena vista o menos buena cuando se analiza un libro bien diagramado, pero con letra pequeña. Todas estas consideraciones tienen que ver con el “excelente” libro de W. Murray y A. Millet. Para mi es excelente, pero tampoco puedo afirmar que resulte igual para otros. ¿Por qué lo considero muy bueno? Primero de todo porque está bien escrito, y esto ya es muy importante, aunque no definitivo. Segundo porque tiene humor, no del que hace reír, sino de aquel más sutil que resulta de leer entre líneas y divertirse con apreciaciones a veces muy descalificativos pero dichas como si fuese algo casi natural debido a las circunstancias del personaje. Tercero porque ofrece una visión de la Segunda Gran Guerra muy completa y a la vez lo suficientemente sintética como para encerrarse en un solo libro, aunque algo grueso, eso sí. Cuarto porque está escrita para profesionales, para militares de carrera, y por lo tanto no tiene pelos en la lengua al juzgar a las grandes figuras de la historia en sus aciertos y desaciertos. Y quinto, y aquí me detengo, más que nada para no abrumar al lector, porque ofrece un panorama no sólo bélico sino político y también psicológico de los actores de ambos bandos, sino objetivo, por lo menos desapasionado y realista.

Naturalmente se nota que los dos autores, catedráticos del Institute for Defense Analysis de Washington y de la Ohio State University, con numerosos libros publicados, son norteamericanos, y tratan con simpatía a Eisenhower, figura clave de la guerra y figura clave de la posguerra, mientras si fueran ingleses, por ejemplo, no lo verían con tan buenos ojos para destacar, en cambio, la del Mariscal Montgomery. Como siento cierta antipatía por el citado Mariscal, comparto prejuicios con los autores y por lo tanto me parecen muy objetivos. Pero al que le gusta la historia, y en particular no rechaza la historia militar, ya está habituado a estos juicios de valor y a sus variaciones dependiendo de la nacionalidad del analista, así que esto es normal.

Además, y esto es importante, los autores son muy críticos con los propios generales en diversas ocasiones y creo sinceramente que no pecan de nacionalistas, por lo menos en grado importante. Por ejemplo lean esto: “De los comandantes de alta graduación en la Pacífico, MacArthur era el menos cualificado, según criterios militares rigurosos, para interpretar un papel importante. Había pasado sus primeros 14 años en el ejército como ingeniero. En la primera guerra mundial había servido en calidad de jefe de estado mayor de división, comandante de una brigada de infantería y, durante dos semanas en las que no se libró ningún combate, comandante de división en funciones. Después de cinco meses de luchar en Francia, MacArthur no volvió a servir en campaña y debido a la prematura ascensión al generalato y las misiones que se le encomendaron se perdió la rigurosa educación militar profesional de los años de entreguerras. Era un general-empresario teatral, un hombre cuya mayor inclinación era sermonear sobre geopolítica en vez de ejercer de general” (pag.237)

El libro cuenta las principales operaciones de esta sangrienta guerra, describe los movimientos de los ejércitos, la guerra en el mar y en el aire, y las principales batallas; pero también muestra a los hombres que se enfrentaron con sus peculiaridades, genialidades y grandes defectos. Es en la precisión y sencillez de estos bocetos donde los autores trascienden la esfera profesional y creo puede llegar al público inteligente pero no particularmente interesado por los acontecimientos bélicos: Churchill intimidaba a sus colegas, les daba la lata y les hacía trabajar incesantemente, en su persecución de la victoria. No era hombre de trato fácil en las mejores circunstancias y bajo las presiones de la guerra a veces era insoportable. Su relación con su principal asesor militar, el jefe del Estado Mayor Imperial, el mariscal de campo sir Alan Brooke, llegaba con frecuencia al borde de la ruptura total. Y, a pesar de ello, Brooke, en su diario a menudo mordaz, captaba atisbos del genio churchilliano; sobre un encuentro a altas horas de la noche con el primer ministro escribió: “[Churchill] tenía el gramófono en marcha y vestido con su bata multicolor, con un bocadillo en una mano y un poco de berro en la otra, trotaba una y otra vez alrededor de la sala y daba saltitos al compás del gramófono. Cada vez que llegaba cerca del hogar, se detenía para soltar alguna cita o pensamiento de las que no tienen precio. Por ejemplo, citó un dicho según el cual la vida de un hombre es como andar por un pasillo con ventanas cerradas a ambos lados. Al llegar a cada ventana, una mano desconocida la abre y la luz que entra no hace más que incrementar por contraste la oscuridad en el extremo del pasillo””(Pág. 300)

La historia es una fuente inagotable de experiencias que nos iluminan, abruman y a veces nos entusiasman. Un buen libro de historia es la mejor de las novelas, ya que difícilmente una mente puede imaginar tantas cosas extrañas como las que han sucedido. Este libro merece estar en nuestra biblioteca, es todo lo que puedo agregar.

Ficha biblográfica:

Murray(2000), Williamson Murray y Allan R. Millet, "La guerra que había que ganar", Editorial Crítica, Colección Memoria Crítica, Barcelona, 1ra.Edición marzo 2002, 2da. Edición junio 2002, pp. 736, Traducción de Jordi Beltrán Ferrer, www.ed-critica.es, Tit.Orig: A War to be Won, The President and Fellow of Harvard College, 2000.

Nota: Actualmente existe una edición de bolsillo, de tipografía bastante legible, aunque sin las fotos de la edición encuadernada, que es la que recomiendo.