domingo, 18 de marzo de 2007

A.J. Gregor. Los rostros de Jano

Existe en muchos lugares del orbe occidental un curioso error sobre la historia reciente: la creencia que hay una diferencia abismal entre marxismo radical (representado por la izquierda bolchevique, y sus variantes trotskistas) y el fascismo, tal como quedó retratado con Mussolini y en grado algo diferente con Hitler. En realidad muchos autores ya han señalado más de una correspondencia entre estas ideologías totalitarias, y el sentido común del ciudadano también ha percibido que existe un mal llamado “fascismo de izquierdas” (como si fuese el fascismo siempre de "derechas"). La línea divisoria entre estas ideologías es tan tenue que en realidad un investigación a fondo podría determinar que no existe. Una cosa es la lucha entre países representantes de ambas, como la confrontación Alemania nazi y la URSS estalinista, y otra, muy diferente, es la existencia de profundas afinidades entre ideologías. Recuérdese que la Historia es abundante en ejemplos donde la lucha entre hermanos resulta más enconada que la lucha entre extraños, y esto sucede tanto en las religiones, como en los países y en el reino de las ideas. Por lo tanto el libro de James Gregor es muy actual para investigar las coincidencias y profundas afinidades entre estos totalitarismos que la historia puso en muchos momentos (no en todos, recuérdese la alianza Hitler-Stalin que tuvo como consecuencia inmediata la desaparición de Polonia como país soberano) a ambos lados de la mesa.

Este libro es también necesario para comprender el curioso “giro” hacia la espiritualidad musulmana que muchos ex comunistas han tenido (el caso más famoso probablemente sea el ex dirigente del Comité Central del Partido Comunista Francés, Roger Garaudy); fenómeno al que se añade el caso no menos curioso de la izquierda populista latinoamericana cuyas simpatías hacia regimenes totalitarios religiosos, como el Irán Chiíta, es por demás evidente. En el fondo no hay tal giro, ya que las ideas centrales son muy parecidas, más allá de su cobertura laica o religiosa. El hilo conductor de estas ideologías es su odio a las democracias representativas (a las que se ve como corruptoras e injustas) y la necesidad de que una selecta minoría conocedora del “buen camino” alcance el poder y desde allí establezca una férrea dictadura paternalista. Para alcanzar tal objetivo es menester subrayar y caricaturizar todos los fallos de las democracias actuales (destacar la pobreza, la falta de oportunidades de la juventud, la política exterior zigzagueante o claramente movida por intereses económicos, la corrupción en las instituciones, el apoyo a regímenes dictatoriales y una larga lista de errores, componendas e hipocresías). Tal crítica no se hace para acentuar la representatividad de una democracia todavía imperfecta, sino para demolerla completamente. Así como el bolchevismo criticó al zarismo con todos su fallos para luego instaurar una dictadura omnipotente, o Mussolini liquidar la democracia italiana, siempre inconstante y con grandes agujeros de representatividad, y sustituirla por la política del imperio y el aceite de ricino para los opositores, o Hitler que cabalgando sobre la crisis económica alemana provocada por la depresión norteamericana del 29 que le permite establecer un nuevo estado capaz de asegurar trabajo para todos a costa de preparar una nueva contienda mundial, de la misma manera ahora se ataca todos los fallos de nuestra sociedad para volver sigilosamente al gobierno de minorías iluminadas, sea por Mahoma o por el nacionalismo más rampante o por una combinación de consignas, heterogéneas entre sí, pero que apuntan todas hacia el mismo resultado.

El autor considera que “el fascismo parece ser, al menos sustancialmente, la expresión de una indignación colectiva. Proviene de un profundo y prolongado sentimiento de humillación de grupo, real o imaginado. Durante los siglos XIX y XX, aquella humillación a menudo era el resultado directo o indirecto de un retraso económico. Con frecuencia, la incapacidad para hacer frente a los desafíos militares de las naciones industriales desarrolladas proporcionaba a las menos desarrolladas una sensación de ineficacia e inferioridad que las minoras revolucionarias lograban con frecuencia atizar hasta alcanzar el frenesí reactivo.

Bajo el patrocinio de dichas minorías, una base movilizadota puede fluir muy fácilmente del nacionalismo reactivo a un furor por la homogeneidad nacional, al etnocentrismo, a la xenofobia, y en los casos más extremos, a la justificación de la violencia contra minorías indígenas “indigeribles” o contra adversarios extranjeros (pág.258)”.

No se trata de ver todos los movimientos actuales contestatarios como formas de fascismo en progreso. El fascismo actual tiene sus partidarios, pero ellos se reconocen por las características históricas que le permitieron surgir a principios del siglo XX: un nacionalismo exacerbado (nacionalismo no sólo de país, sino también de comunidad religiosa, espiritual o étnica) y un odio feroz contra toda forma de representatividad democrática, ya que esta última es la puerta para que la gente común, corrompida por su visión relativista de la existencia, alcance posiciones de poder y desde allí obstaculice y haga imposible la tarea de renovación y purificación social y cultural.

Siempre que estamos en presencia de iluminados que pretenden conducir al rebaño popular hacia formas puras y justas de existencia política nos encontramos con el peligro de una nueva versión fascista en la historia. Este fenómeno normalmente va unido a un apoyo popular sustantivo, apoyo paradójico ya que representa, a mediano plazo, la liquidación de ese mismo poder que lo elevó al gobierno. Si se me permite la comparación, que considero bastante aproximada, el fascismo es como un virus que invade la célula para utilizarla en su propio provecho; de la misma forma el fascismo es un movimiento popular que alcanza el poder para vaciarlo de todo contenido popular. Y me temo que de esto tendremos mucho en las próximas décadas; por lo tanto todo aquello que nos prevenga y nos haga recelosos bien venido será. Un pueblo prevenido jamás será vencido.

Ficha Bibliográfica:

Gregor(2000), A.James Gregor, "Los rostros de Jano. Marxismo y Fascismo en el siglo XX", Biblioteca Nueva, Universitat de Valencia, Madrid, 2002, pag.302, Tit.Orig: The Faces of Janus. Marxism and Fascism in the Twentieth Century, Yale University Press