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miércoles, 8 de agosto de 2007

J.Carroll. La casa de la guerra II

Tal como lo me prometí, aquí estoy, de nuevo, para comentar el trabajo de Carroll. Las vacaciones de verano me han servido, entre otras cosas, para hacer un comentario algo más amplio de lo habitual.

La lectura de este extenso, minucioso y pavoroso informe me ha llevado más de una semana; y no creo que pueda ser despachado en menos tiempo. Luego, después de releído, cuando lo abandonemos en un estante de nuestra biblioteca, este libro pasará a formar parte de aquellos que se caracterizan por ser de acceso permanente … cada vez que surjan en nuestro campo de atención alguno de los personajes que cita y que no son más que los que aparecen o así lo hicieron en las páginas de los diarios: F.D.Roosvelt, Curtis Le May, Groves, Eisenhower, Truman, Byrnes, Kennedy, McNamara, Forrestal, Kennan, Marshall, Nitze, Nixon, Donald Rumsfeld (sí, el de ahora, no una figura del pasado), J.R.Perle, J.Schlesinger, Kissinger, Jimmy Carter, Reagan, George H.W. Bush, Clinton, Richard Cheney, Colin Powell, Paul Wolfowitz, G.W.Bush (El presidente actual), … y muchos más que me ahorro de mencionar. Para el lector ajeno a los tejes y manejes de la escena norteamericana aparecerán nuevos nombres, algunos de gran importancia, que le serán (apuesto) completamente desconocidos.

La historia biográfica de Carroll es esencial para valorar este libro, ya que, a la postre, es sólo el autor el que puede dar credibilidad y autoridad a un material tan crítico (en este aspecto la Red como fuente fiable de información está, por ahora, muy lejos de ofrecer estudios de parecida entidad).

Así es que la biografía del autor, su historia personal, sus filias y fobias, así como las fuentes en que se ha basado, son la base para determinar el grado de “autoridad” de lo que cuenta. James Carroll, consciente de ésto, se auto menciona en su libro; no asume el papel del narrador invisible. Su historia personal es parte del análisis que propone. Su carácter de hijo de un militar relevante, general de tres estrellas con despacho en el ala principal del Pentágono y que en los últimos años de su carrera se convirtió en el primer director de la DIA (Defense Intelligence Agency) lo coloca en una situación muy peculiar, nada común. Recordemos que la DIA fue la entidad creada por el Secretario de Defensa, McNamara, luego del desastre de la invasión frustrada a Cuba en Bahía Cochinos, (y en plena crisis del muro de Berlín), para reorganizar con eficacia los servicios secretos de las fuerzas armadas (ver pág. 394). Luego para James Carroll el ambiente del Pentágono no le resulta ajeno. Cuando pequeño jugaba en sus rampas interiores y estaba habituado a considerar a los uniformes como parte de un ambiente protector y amistoso. El hijo, siguiendo las huellas de su padre, compartió, en su infancia y juventud el temor de la época al holocausto atómico consecuencia siempre presente del enemigo soviético. No obstante, James Carroll, luego de algunos titubeos, decidió no seguir la carrera militar, sino que, también al compás de su ambiente familiar, estudiar y convertirse en sacerdote católico (su familia era de honda raigambre católica y demócrata). Las circunstancias y sus pensamientos, a pesar de ello, lo llevaron, poco a poco, a distanciarse de la posición del padre, al que siempre siguió respetando, y a enrolarse en las filas del movimiento contra la intervención que se enfrentó, con impresionante empuje, a la política del presidente Johnson en Vietnam. En ese combate contra la permanencia de las tropas en el remoto país asiático, muchos jóvenes, y Carroll con ellos, reflexionaron a fondo cuales eran los supuestos en que se basaba la política exterior norteamericana. Es obvio que tal posición lo situó muy lejos de su padre, con el cual, sin embargo, nunca rompió, y le obligó a repensar su posición de una manera mucho más profunda que la que tuvieron necesidad de realizar aquellos que provenían de familias sin relaciones con la alta oficialidad del Pentágono. También comprendió que su posición podía ser interpretada y banalizada por sus críticos como una reacción freudiana de rechazo a la autoridad paterna. Siendo consciente de estas circunstancias, en un acto de honradez intelectual, no deja en la penumbra sus vínculos familiares y educativos sino que los expone claramente, para que el lector tome nota y sepa a que atenerse.

En consecuencia para el autor, y así lo establece ya en las primeras páginas, el libro es un ajuste de cuentas obligado y minucioso con una mentalidad, que compartía plenamente su progenitor y que le era bien conocida desde su infancia. Ideología a la que, en un proceso gradual, terminó como apreciar como falsa en sus supuestos básicos y sobre todo de alta peligrosidad cuando es parte esencial en la elaboración de la política exterior de su país.

En otras palabras. El autor, hijo de militar y formado en el ambiente de los oficiales de alto nivel, rechaza de plano la solución “de la fuerza” como respuesta adecuada a los conflictos ideológicos y políticos que surjen desde la Guerra Fría. Y no es un rechazo romántico, al estilo hippie (o fóbico, al estilo de los antiyankis por sistema) sino que está fundando en el análisis pormenorizado de cómo la acción, cualquier acción, hipertrofiada en su política “defensiva” origina, por su propia dinámica de desarrollo, una competencia imparable y un aumento paralelo de la inseguridad mundial.

La posición de Carroll es, a mi modesto juício, de un valor muy considerable. Tal como expuse en el primer comentario de este libro (ver en el índice del margen) intento escapar de las posiciones sistemáticamente “fóbicas”, y no creo que aporten nada de interés aquellos que hacen de las posiciones “anti” el eje de su discurso ideológico. En cambio si son muy atendibles, y en consecuencia, válidas para enriquecer el pensamiento, las que emergen de una crítica documentada y, además, de una posición no determinada a priori (ya las habituales sólo encuentran lo que van a buscar).

Prefiero la contradicción en las ideas que la coherencia dogmática; y la crítica “interna” a la que surge de extramuros. Esto como condictio sine qua non del interés de una reflexión política, sin, por supuesto, rechazar ningún dato o información provenga de dónde proviniere (que una cosa muy diferente es el análisis e interpretación y otra, la información sobre la que opera nuestra inteligencia).

Por las razones que acabo de explicar, los documentos, cifras y citas, más las reflexiones del autor me parecen muy dignas de ser tenidas en cuenta. No son objetivas (en tanto ese nivel de “verdad” es imposible en estas materias) pero me dan la impresión que se acercan bastante. Lo suficiente como para repensarlas.

Para su lectura el libro puede dividirse en varias partes. Según el tiempo, la paciencia y los centros de interés del lector. Cada una de ellas se puede abordar directamente; no es obligatoria para su comprensión una lectura lineal. No obstante, si se dispusiera de tiempo suficiente, si recomiendo una primera lectura completa, lo que nos dará un panorama general sobre el que, posteriormente, se podría volver para “estudiar” un período o algún personaje concreto.

El texto en si mismo, llega hasta la página 776. Luego tenemos el aparato de notas, que deben hojearse ya que contienen información adicional importante, que abarca desde la 781 hasta la 937. La bibliografía, extensa, desde la página 940 hasta la 964, nos indica en que fuentes bebió el autor, y sirve como guía de lecturas para los que quieran profundizar en las cuestiones tratadas. Por último el índice analítico (de la 965 a la 991) se convierte en una herramienta básica de búsqueda en posteriores relecturas.

Si el lector se inclina por una lectura parcializada del libro, centrándose en los tiempos más actuales, sugiero, no obstante, leer, a modo de aperitivo, el capítulo uno (“Una semana de 1943) y el dos (“El arma total”), ya que estos dos nos darán las comprensión global de lo que luego se desarrollará en todo el texto.

Por cierto, el nombre de los capítulos, siempre que estén bien elegidos, es el mejor resumen de ellos, y aquí se da el caso: 2. El arma total… 4.La paranoia que se retroalimenta… 5. El momento del cambio… 8. La guerra interminable…

Sólo con estos nombres de capítulos ya tendríamos un sintético resumen del mensaje del libro: El descubrimiento del poder atómico cambió radicalmente las relaciones de poder y el tipo de guerras futuras. No obstante la búsqueda de la “seguridad” a cualquier precio terminó por desencadenar una carrera de armamentos que llevó, varias veces, al mundo al borde del holocausto nuclear. La caída de la URSS creo un gran vacío que pudo ser aprovechado para un cambio completo en las relaciones internacionales… pero este momento crucial fue desaprovechado por el complejo militar-industrial-financiero dirigido por el Pentágono y en vez de seguridad-para-todos hemos caído en la vieja situación caótica de consecuencias tan imprevisibles como inquietantes.

De estas cosas trata el libro. Cuenta como varias veces, y en momentos que pasaron desapercibidos para el público mundial y para el pueblo norteamericano en particular, el mundo estuvo en el mismísimo borde de un holocausto nuclear global. Tan cerca del precipicio, que la misma supervivencia de la especie, (a estar por la documentación señalada), no deja de ser el producto casual de circunstancias de índole muy frágil. En este sentido el capítulo dedicado a la presidencia de Nixon es estremecedor. Transcribo algo menos de una página de cómo Carroll para dar una idea más cabal de lo que expongo:

“Cualquier intento de encontrar una manera fríamente racional de utilizar las armas nucleares (ya sea e la guerra abierta o por su valor de amenaza en la diplomacia coactiva), por limitada que fuera, implicaba que las personas que estaban a cargo de ese armamento eran personas racionales. Con Nixon, esta presuposición demostró ser un problema, ya a corto plazo, hecho que no escapó a los que estaban dentro del gobierno, como Kissinger y Schelesinger. Como han demostrado los documentos y las transcripciones de la era Nixon desclasificados a finales del siglo XX, nos enfrentamos aquí a un desorden de la personalidad que iba mucho más allá de la simple excentricidad. La cuestión no era ni la autocompasión a la que se entregaba Nixon ni a su desden y sus oídos sordos por todos cuanto discrepaban de sus ideas. La publicación de varias transcripciones de las conversaciones grabadas de Nixon, incluyendo tales exhibiciones de desprecio, ha puesto de relieve sin paliativos su vulgaridad, su mezquindad espiritual, sus prejuicios y su alcoholismo. Pero, con la sucesiva liberación de las transcripciones secretas de la Casa Blanca, lo que ha generado una alarma a todas luces insuficiente –además de una reflexión casi nula por parte de los teóricos nucleares- es la revelación de que el demente de Nixon flirteó de verdad con la posibilidad de emplear armas atómicas.

El hecho de que el mundo haya sobrevivido a varias décadas de pulso nuclear, durante la Guerra Fría, ha favorecido la presuposición complaciente de que la guerra nuclear no podría haber llegado a ocurrir jamás. La mayoría de los historiadores y los expertos en Ciencias Políticas dan por sentado que la doctrina de la “disuasión” funcionó, porque la Unión Soviética y Estados Unidos colaboraron para asentar una estructura fiable de estabilidad mutua. Pero, si analizamos más de cerca el errático curso con el que Nixon ejercitó su responsabilidad como hombre al mando del arsenal atómico de EEUU, tenderemos a pensar, más bien, que esa “estabilidad” es una fábula de nuestro presente” (pág.530)

Cuenta, en síntesis, este libro de como el inmenso poder acumulado, en bombas termonucleares, y en fuerzas militares de todo tipo, no ha servido para frenar la carrera armamentista y como las doctrinas que apoyan este poder son miopes en sus consecuencias y falaces en sus supuestos básicos.

Cuenta como el término de la guerra fría fue desaprovechado por el gobierno norteamericano, presionado por ese gran complejo militar-civil, y como al no imponer una drástica reducción de los propios arsenales atómicos se abrió las puertas a la proliferación nuclear a todos los países con la tecnología para desarrollarla. La idea de la “disuasión” basada en una fuerza nuclear propia, se ha hecho carne en todos los Estados que pueden afrontarla, y de esta manera se está alcanzando, por nuevos caminos, el mismo estadio de alta peligrosidad que se dio en los peores momentos de la guerra fría.

Cuenta como el gobierno norteamericano mintió deliberadamente a su pueblo y varias veces estuvo dispuesto a lanzar una guerra nuclear preventiva, a pesar de afirmar, simultáneamente que nunca daría “el primer golpe”.

Cuenta como los presidentes, elegidos por el pueblo norteamericano, no conocían con certeza los blancos nucleares fijados por sus militares, y como esa información se les negaba, por razones de seguridad, las pocas veces que preguntaron por ello.

Cuenta como y porqué fracasaron Carter y Clinton en su política de contención del peligro nuclear, y como ese resultado es tanto consecuencia directa de sus incoherencias y debilidades de gestión como de la indiferencia y falta de apoyo de los responsables del poder militar.

Cuenta como el Pentágono se convirtió, poco a poco, en un poder burocrático que persistió y se desarrolló mientras los gobiernos elegidos iban pasando por la Casa Blanca sin poder establecer sobre él un verdadero control civil.

Cuenta, también, como el poder civil se militarizó, al compás de las ideologías promovidas por los Secretarios de Defensa, haciendo que el Departamento de Estado fuera, en la práctica el verdadero gestor de la carrera armamentista norteamericana.

Cuenta, por fin, la importancia del movimiento pacifista norteamericano, parcialmente conocido fuera de USA, en el final de la guerra fría y como éste, junto con los grandes movimientos populares de los países del Este europeo (más la intervención casi providencial de un líder ruso atípico, Gorbachov), fueron los verdaderos ejecutores del final de la Guerra Fría, y no la pretendida Guerra de las Galaxias que, según algunos periodistas, habría llevado a la URSS al colapso final.

Cuenta, el extraño fenómeno de “amnesia colectiva” que opera en la sociedad norteamericana, a partir de los 90. Fenómeno que pasa por no reconocer lo que hace pocas décadas era un presente lleno de histeria y deseos confusos de usar el arma termonuclear para liquidar la amenaza del reino del mal: “Marc Trachtenberg, un historiador especializado en este fenómeno, echó la vista atrás desde 1991 y escribió: “Nosotros, como sociedad, sufrimos hoy lo que solo puede denominarse como un extraordinario caso de amnesia nuclear colectiva. El aspecto que ha adquirido nuestra imagen del pasado guarda muy poca relación con cómo fue en realidad nuestro pasado nuclear. Ahora, con frecuencia damos por sentado que incluso en los años cincuenta la guerra nuclear era sencillamente “impensable” como herramienta política; aquellas fuerzas nucleares nunca fueron “utilizables” y solamente sirvieron para “disuadir a los otros de usarlas”; y creemos que la amenaza de las “represalias masivas” no era, en el fondo, más que un farol, porque Estados Unidos jamás hubiera tomado la iniciativa de lanzar un ataque nuclear. Esta imagen tiene este aspecto porque ello sirve a importes objetivos políticos, tanto de derecha como de izquierda; pero no podemos sumergirnos en las fuentes de este período sin llegar a la conclusión que nos hemos olvidado de algo realmente fundamental. ” De lo que nos hemos olvidado, como afirma Trachtenberg, es del hecho que el cuerpo militar estadounidense no solo estaba preparado para lanzar un ataque nuclear, sino que en ocasiones estaba impaciente por hacerlo, con la connivencia y el apoyo activo de sus supervisores civiles y de los “teólogos” de quienes estos dependían para la guía intelectual y aunque solo de forma tácita, moral” (pág. 323)

Cuenta éstas y más cosas, y las desarrolla con toda clase de datos, cifras, citas y reflexiones que pueden ser imprescindibles para dar crédito a tales afirmaciones. Por eso lo considero un texto original para captar la historia reciente de nuestra época (según los datos que ofrece el autor en la llamada situada en la página 934, la difusión de las bombas nucleares no es precisamente tranquilizadora. Se calcula que USA tiene unas 9 mil, Rusia unas 20 mil, G.Bretaña alrededor de 200, Francia, 350, China 300, Israel entre 100 y 200, India entre 45 y 95, Pakistán entre 30 y 50. Como puede apreciarse si estas cifras son reales… la especie se enfrenta a un futuro muy inestable, y no precisamente por el “cambio climático” que tanto preocupa).

Es verdad que no es un libro de lectura fácil, sobre todo para aquellos ajenos a estos asuntos. También su extensión puede alejar los que buscan rápidas conclusiones y dejan los fundamentos de éstas para mejor ocasión. Pero, si captamos que no se hacer afirmaciones rotundas sobre política internacional sin documentarlas fehacientemente y, además, someterlas a una crítica rigurosa… aceptaremos el esfuerzo de informarnos y lo haremos con entusiasmo.

El que así lo haga, no creo que se arrepienta. Aun cuando sea posible que algunas de sus creencias más arraigadas tengan que ser sometidas a una dura revisión.

Ficha Bibliográfica:

Carroll(2006), James Carroll, “La casa de la guerra. El Pentágono es quien manda”. Crítica, Memoria Crítica, Barcelona, 2007, www.ed-critica.es, pp. 996. Tit.Orig: House of War. The Pentagon and the Disastrous Rise of American Power, Houghton Mifflin Company

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