jueves, 31 de mayo de 2007

O.Sacks. El tío Tungsteno

Quién leyó “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero” o “Un antropólogo en Marte”, el nombre de Oliver Sacks (Londres, 1933) le suena muy bien. Los mencionados son excelentes libros y el autor tiene varios, de muy diferentes temas, pero todos amenos y profundos. El que hoy comento es, más que los otros, autobiográfico y cuenta como nuestro escritor tuvo una infancia difícil, en plena segunda guerra mundial, cuando los niños eran alejados de sus familias para evitar el peligro de los bombardeos sobre Londres, e iban a parar a escuelas e internados que, como en el caso de O.Sacks, parecían una sucursal del régimen nazi. Las pasó mal, y por ello se convirtió en un niño discreto y reservado, lleno de terrores y con gustos muy raros. Mientras o durante Sacks nos cuenta sus peripecias infantiles va desgranando sus interés absorbente por los metales y más adelante con la química, en muchas y variadas formas. No obstante recorrer caminos tan complejos, el autor, cuando adulto sigue otra profesión, convirtiéndose en neurólogo y posteriormente en profesor del Albert Einstein Collage of Medicine y de la School of Medicine de la Universidad de Nueva York. Sus libros, tal como digo al principio, tratan de cuestiones como la encefalitis letárgica, el síndrome de Tourette, la enfermedad de Parkinson, el síndrome de Asperger, el problema de comunicación en los sordos, etc. etc. así que bien se puede decir de Sacks que no tiene miedo a los temas profundos y altamente especializados, y que posee la gracia y la virtud de convertirlos en accesibles para todo profano que quiera saber un poco más sobre nuestro mundo y sus problemas.

El “Tío Tungsteno” trata de química, de metales, de experiencias infantiles, de lo que se siente cuando uno tiene un laboratorio de fotografía, de los de antes, y puede prácticamente revivir toda la historia de ella, desde la cámara estenopeica hasta la creación de película y papeles para positivar, incluyendo el revelado y el positivado. Cosas que ahora, en el siglo XXI cada vez suenan más lejanas y donde si bien es aun posible encontrar película química, ésta es un producto de acelerada extinción (en España ya es sólo posible encontrar la de la marca Fuji; las otras han desaparecido).

Es un libro que interesará a los que se sienten sintonizados con la química y sus aplicaciones, pero también ilustra sobre la historia de la ciencia desde el siglo XVIII y da una imagen de algunos nombres importantes con la gracia de aquel que comprende a fondo lo que explica y que además le gusta hacerlo porque siente un gran placer en ello.

Como ejemplo de lo que digo puedo tomar cualquier párrafo al azar del texto, por ejemplo el siguiente: “Todas las empresas de Lavoisier –el lenguaje algebraico, la nomenclatura, la conservación de la masa, la definición de un elemento, la elaboración de una verdadera teoría de la combustión- estaban orgánicamente entrelazadas, formaban una sola y maravillosa estructura, una refundación revolucionaria de la química, tal como había soñado, tan ambiciosamente, en 1793. El camino hacia su revolución no fue fácil ni directo, aun cuando lo presente como algo obvio en los “Elementos de química”; le exigió quince años de su genio, abriéndose paso a través de los laberintos de antiguos postulados, combatiendo su propia ceguera así como la de todos los demás”.

Durante los años en que Lavoisier reunió lentamente su munición hubo violentas disputas y conflictos, pero cuando los “Elementos” finalmente se publicaron -en 1789, tres meses antes de la Revolución Francesa- causaron una auténtica conmoción en el mundo científico. Era una arquitectura conceptual totalmente nueva, comparable sólo a los “Principia” de Newton. Unos pocos rechazaron sus ideas –Cavendish y Priestley fueron los más destacados- pero allá por 1791, Lavoisier estuvo en condiciones de afirmar que “todos los jóvenes químicos adoptan la teoría, de lo que concluyo que la revolución en la química ya ha tenido lugar”.

Tres años después la vida de Lavoisier terminó en la guillotina. Estaba en el culmen de su carrera, y el gran matemático Lagrange lamentó la muerte de su colega y amigo diciendo: Se tardó sólo un momento en cortarle la cabeza, y quizá no basten cien años para que surja otra igual. “

Así que quien quiera, dirigido por Oliver Sacks, recorrer los antiguos y modernos caminos de la ciencia tiene en este libro una gran oportunidad. Un libro que merece ser leído reposadamente; no de una sola vez, sino retrasándolo para darnos tiempo a recrear mentalmente las historias que cuenta, y para poder así, recrear un mundo que es el sustento del actual y que sin embargo es tan diferente que apenas podemos darnos cuenta.

Además es importante para quien tiene hijos (o incluso nietos) ya que permite reflexionar sobre lo importante que es no dejar la educación ni la visión del mundo de un niño enteramente en manos de la escuela. Hay escuelas y escuelas, y profesores de toda clase, pero ningún padre o madre debería abdicar de su obligación y a la vez derecho de abrir las puertas del universo a su progenie. Mostrar, jugar, participar y servir de ejemplo de interés en los fenómenos que nos rodean; evitar los juicios dogmáticos y dar el ejemplo de curiosidad tanto por lo pequeño como por lo grande, lo lejano y lo más habitual. Quién quiera hacerlo no encontrará en este texto un libro de pedagogía sino, exactamente, un padre grande que cuenta las cosas que vivió como niño y la suerte que tuvo, a pesar de las desgracias y el cruel ambiente, de encontrar adultos sensibles que le abrieron las innumerables puertas de la investigación y el conocimiento.

¡Hay gente que tiene suerte! Aunque parezca que sobre su cabeza se acumulan las desgracias.

Ficha Bibliográfica:

Sacks(2001), Oliver Sacks, “El Tío Tungsteno. Recuerdos de un químico precoz”, Anagrama, Colección Argumentos, Barcelona 2003, pp.354, Tit.Orig: Uncle Tungsten, Alfred A. Knopf, New York, 2001