miércoles, 23 de enero de 2008

J. Meyer. La Gran Controversia

Este libro del historiador Jean Meyer merecería un comentario más profundo del que yo puedo hacer. Para los habituales a este blog, sugiero visitar http://www.elcultural.es/HTML/20060928/LETRAS/LETRAS18710.asp cuya lectura ilustrará algo más de que trata el estudio. También a modo de resumen de las cuestiones básicas aquí analizadas, ir a http://www.letraslibres.com/index.php?sec=22&autor=Jean%20Meyer que es una colección de artículos de nuestro autor y leer la que tiene por título: “Herejías y Profecía Rusa”, de mayo de 1997 (se lo puede uno bajar en formato pdf).

El tema central del texto que hoy comento se refiere a la disputa y cisma entre la Iglesia Católica Romana y las Iglesias Cristianas de Oriente, en particular los que se llaman “Ortodoxos”.

Tema intrincado, sinuoso, y a veces francamente hermético. Si ir más lejos sumergirse en la disputa teológica del “filioque” (y del hijo) significa que el lector aprende que el “Espíritu Santo” (sea eso lo que fuere) emana del Padre según los católicos, cosa que es rechazada con gran indignación por los ortodoxos, o también de ambos: padre e hijo.

A primera vista por una discusión de esta clase es difícil que un ciudadano de nuestro occidente tolerante pierda el sueño (al contrario, podría usarla para entrar en ese estado previo tan delicioso); pero no ha sido así en los siglos anteriores. Concretamente desde el 1054 (siglo XI) la separación fue aumentando con el tiempo hasta llegar a ser irreconciliable.

Escribo “irreconciliable” aunque la Iglesia Católica ha tratado, utilizando todos sus medios de presión, de llevar a estos cismáticos recalcitrantes a su redil. El problema es que los Ortodoxos se consideran a si mismos como los auténticos seguidores del cristianismo primitivo, y es el catolicismo (con sus inventos posteriores como el poder del papado, el purgatorio y otras variaciones del ritual y la teología) los que se han separado de la tradición. La visión mutua es en espejo; siendo el otro el causante del mal presente.

Si consideramos que la Iglesia Ortodoxa, en concreto el Patriarcado de Moscú considera toda la extensión de la antigua URSS como propia (negando el acceso y por supuesto cualquier labor misionera a la Iglesia Católica y a los protestantes), y que el actual presidente de Rusia, Vladimir Putin, es un ferviente ortodoxo (ha llegado hasta meditar en solitario en el Monte Athos) … podemos y debemos considerar que no estamos únicamente frente a una discusión bizantina, sino que las consecuencias son harto interesantes.

El libro narra el proceso de mutuo desentendimiento, y ofrece muy jugosos datos de cómo el papado aprovechó los primeros años de la revolución bolchevique para estrechar vínculos con el nuevo poder ateo. Paradoja que se explica porque en esta primera etapa los bolcheviques dejaron en paz al catolicismo para meterse con todo con la iglesia ortodoxa profundamente ligada al régimen zarista. El Papa ve una ocasión importante para penetrar en terreno vedado hasta el momento y lograr la sumisión de las iglesias orientales gracias a la casi desaparición del adversario. Sólo a partir de 1929, cuando los bolcheviques logran el amansamiento de los restos fragmentados de la iglesia ortodoxa, es cuando éstos se vuelven contra otras opciones minoritarias (hasta el momento útiles para mantener lazos con occidente) y empieza en serio la persecución a los católicos. Esta situación acaba con las esperanzas del papado que en 1930 denuncia la situación en la URSS y en 1937, el 19 de marzo, la encíclica Divini Redemptoris declara al comunismo “intrínsecamente perverso”. No escapará al lector que ya habían pasado casi veinte años de la toma del poder por Lénin y sus acólitos y que en esos años decenas de miles de sacerdotes ortodoxos fueron asesinados así como sus iglesias robadas y convertidas en depósitos rurales o sedes del soviet local. Se podría decir, con cierto humor (del que obviamente carecen los ortodoxos) que “las cosas de palacio van despacio” y que la Iglesia siempre se ha tomado su tiempo para sus denuncias.

Luego de la desaparición de la URSS el papado vuelve a intentar la unión, pero si se tiene en cuenta que desde 1054 uno de los elementos claves de discordia fue justamente la preeminencia del obispo de Roma sobre todos los demás, y que éste principio nunca ha sido abandonado sino al contrario reforzado con la declaración de la infalibilidad del Papa (Concilio Vaticano 1869-1870) este ecumenismo de raíz católica ha sido recibido con gran desagrado en las altas jerarquías eclesiásticas de Moscú. Todo ello a pesar de los actos de contrición de los últimos Papas que ha arrojado bálsamo sobre las heridas aunque los problemas principales en discusión siguen en los mismos términos de hace siglos: “Tras la caída de la URSS, el ortodoxismo es más fuerte y más amargo que nunca. Por el otro, se defiende y complace en una visión de la historia como historia inmóvil, o como eterno retorno; nada cambia, el movimiento no es lineal sino circular; los imperios van y vienen, se ganan, se pierden, se vuelven a ganar, siempre es 1204 y arde Constantinopla [por las tropas católicas de la 4ª Cruzada], y 1453 y es mejor el turbante blanco [de los turcos] que la tiara romana; siempre es 1610 y los polacos malditos instalan a los jesuitas en el Kremlin. El pasado vuelve mañana y el futuro nunca es realmente nuevo. En esas condiciones ¿qué esperar de Roma?” (pág.417)

De que forma la creación de un nuevo estado ruso, mucho más reducido en extensión, merced a la separación e independencia de las repúblicas asociadas, y que empieza a emerger de su brutal crisis económica guiado por la firme mano de su presidente, Putin, ferviente practicante ortodoxo, evolucionará en el futuro no es algo que yo estoy en condiciones de prever. Pero según parece se escuchan muchas voces, ahora en Moscú, que apoyan el fortalecimiento de una renovada, triunfante y siempre eslavófila iglesia Ortodoxa (Moscú es la tercera Roma). Una iglesia que ve con gran disgusto como la independiente Ucrania y Bielorrusia se separan radicalmente de su control (zonas donde existió desde siglos una iglesia católica de rito oriental, opuesta tanto a Moscú como a Roma) y que se considera a si mismo como el alma mater del cristianismo auténtico: “Para esos ortodoxos, Roma es Occidente y si Occidente es MacDonald’s, Roma es MacDonald’s” (pág.415)

La lectura del libro me lleva a considerar que dos clases de lectores pueden aproximarse a a él con gran interés: aquellos que buscan saber más de la historia del cristianismo y cómo se fue ramificando y, por otro lado, los que se preocupan de la evolución de Europa del Este en el nuevo contexto político internacional que surge de la implosión de la URSS. Para los demás el libro resultará soporífero. Así los humanos solemos reaccionar frente a las cosas ajenas que no vemos relacionadas con nuestra vida y angustias. Esta reacción mayoritaria puede ser considerada ingenua o incluso necia, pero resulta muy práctica para sobrevivir en tiempos agitados.

Ficha Bibliográfica:

Meyer(2006), Jean Meyer, “La gran controversia. Las iglesias católica y ortodoxa de los orígenes a nuestros días”, Tusquets Editores, Tiempo de Historia, www.tusquetseditores.com Barcelona, julio de 2006, pp. 481.