domingo, 1 de abril de 2007

H.M.Enzensberger. El perdedor radical

Hans Magnus Enzensberger nació en Baviera en 1929, época difícil para toda Alemania. La depresión del 29 hizo que USA reclamase todos sus créditos al país y la crisis económica, que asoló a toda Europa, llevó a los nazis en pocos años al poder. Enzensberger tendría, entonces, sólo 10 años cuando estalló la segunda gran guerra y por lo tanto se pasó los últimos de su infancia y los primeros de su adolescencia en plena efervescencia bélica. Luego la posguerra fue aún más difícil. El pensador surge siempre en épocas de crisis y conflictos… tendremos “pensadores” para rato.

En este libro publicado en el 2006, es decir a sus 77 años, Enzensberger ya conocido en todo el mundo por haber publicado muchos ensayos, poemas e incluso una novela “El corto verano de la anarquía (Vida y muerte de Durruti), reflexiona sobre el terrorista que convertido en una bomba parlante se dispone a acabar con su vida llevándose por delante a todo aquel que el destino lo haya puesto a su lado.

Como el título del ensayo adelanta, el terrorista es un “perdedor radical”, pero no todo perdedor radical llega a convertirse en un terrorista. Según Enzensberger el perdedor radical es una clase especial de “perdedor”. Todo perdedor se caracteriza por … perder casi siempre; pierde en su adolescencia y juventud, pierde con sus amigos, en la escuela y con las mujeres, pierde en el trabajo y pierde en cualquier cosa que emprenda. Esta clase de perdedores es muy nutrida, el mundo está lleno de ellos, pero algunos, por su inteligencia o por la casualidad pueden dar un paso más en su peculiar carrera y convertirse en algo más: aquellos que tienen una conciencia especial de su situación “mientras le falte esa convicción, podrá irle mal, podrá ser pobre e impotente, haber conocido la ruina y la derrota; pero no habrá alcanzado la categoría de perdedor radical hasta que no haya hecho suyo el veredicto de los demás, a quienes considera como ganadores. Sólo entonces “se desquiciará””(pag.10). y entonces llegará la explicación de su suerte: la culpa de esa situación está afuera; algo hay de demoníaco en el mundo que lo empuja hacia abajo y que se impone a todo esfuerzo personal. El perdedor se radicaliza en la medida que se percibe como una víctima, y los victimarios son la gente que le rodea, pero no todos … existe una clase especial de gente que lo machaca mientras hace como si lo ignorara. Están allí, o cerca y miran hacia otro lado, pero el ha descubierto que en realidad es el centro de una conspiración.

Este fenómeno puede ser tanto individual como grupal; puede incluir a un país, a una zona, o a una entidad mítica (¡América! ¡Los infieles! ¡Los judíos!). El perdedor radical en la medida que encuentra en sus semejantes el reflejo de su propia situación total produce una “energía destructiva” que se “potencia hasta la más brutal ausencia de escrúpulos; se forma una amalgama de deseo de muerte y delirio de grandeza, y de su falta de poder le redime un sentimiento de omnipotencia calamitoso”. (pág. 23).

Partiendo de este tipo de fracaso psicológico que resulta de desgraciadas circunstancias personales el perdedor radical puede, inducido por la ideología extremista que tenga mas a mano, dar vida al militante fanático que porta su bomba como proclama personal de venganza frente a un mundo que lo ignora y a la vez lo humilla. Puede ser cualquier cosa según la época y la sociedad en que viva; puede ser un loco religioso, un comisario bolchevique o un ardiente patriota. Y si ahora es un islamista su tipología no es propia de una zona o una religión determinada. Sólo la casualidad, las circunstancias, el incesante desarrollo de la historia humana determinan que color y que bandera defenderá con igual pasión, con similar torpeza y con idéntica ansia destructiva. Pero siempre es mejor y la convicción es más pétrea cuando se defiende una causa étnica o religiosa, mejor aún si se reúnen ambas condiciones. Entonces se combina en una proporción adecuada el plomo de las frustraciones personales y el oro del mártir popular. En poco tiempo el aspirante, que hasta el momento sólo tenía el currículo habitual del “perdedor” sistemático, se puede convertir en el militante iluminado.

Evidentemente el ensayo de H.M.E. no pretende ser exhaustivo; al fin de cuentas son sólo sesenta y siete páginas donde se bocetan las líneas generales del análisis. Por otro lado no le faltaran críticos que verán un nuevo intento de psiquiatrizar la política “reduciéndola” a un fenómeno de relaciones interpersonales patológicas.

No obstante hay que distinguir, entre lo que pueden ser lo grandes fenómenos sociales, terriblemente complejos, y los ejecutores de primera fila, psicológicamente sencillos por su monomanía.

Un acontecimiento histórico, como el atentado de las Torres Gemelas, requiere un análisis sociopolítico extenso (desde la política exterior del propio país implicada, hasta la propaganda del terror y sus efectos supuestamente valiosos que nos remonta a Nechaev y los primeros teóricos del anarquismo ruso), pero el o los hombres que ejecutan el acto; aquellos que aprenden a pilotar un avión, sin importarles los conocimientos necesarios para aterrizar, o que son capaces de aterrorizar a los pasajeros para que se queden sentados y no molesten… no tienen porque tener ninguna complejidad mental extraordinaria. Basta con que sepan aprender unos movimientos elementales, hacer los gestos adecuados… y no tener en la cabeza nada más que una idea. Algo que incluso los insectos logran con gran perfección.

Según entiendo Enzensberg trata de esta primera línea de fuego; de las personas que violan su propio impulso a la supervivencia y a la felicidad personal. De los que son reclutados para hacer algo… por fin ¡valioso! y que por tanto son rescatados del anonimato y la vida rutinaria para pasar de hoz y coz a la gran historia; y de paso conquistar un lugar especial en el paraíso, si hay algo así después de la vida.

Como perdedores habrá siempre, y perdedores radicales no faltaran, el autor sugiere, con cierta melancolía, que a nuestra sociedad sólo le queda acostumbrarse al fenómeno: “Una sociedad mundial que depende de combustibles fósiles y que no cesa de producir nuevos perdedores tendrá que convivir con ello” (pág.66) La conclusión del autor coincide con la mía, aunque obtenida por un camino diferente. Ignoro si es así (sólo el tiempo lo dirá), pero mejor tomárselo con calma. En un mundo altamente cualificado y tecnificado la emergencia de fenómenos aparentemente inexplicables es previsible. Cuanto más pongamos en la olla, más combinaciones surgirán. Este es el precio que hay que pagar por la complejidad creciente. Hasta que la naturaleza diga basta.

Ficha Bibliográfica:

Enzensberger(2006), Hans Magnus Enzensberger, "El perdedor radical. Ensayo sobre los hombres del terror", Anagrama, Colección Argumentos, Barcelona, 2007, pp.67, Tit.Orig: Schreckens Männer. Suhrkamp Verlag, Frankfurt, 2006