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martes, 28 de octubre de 2008

M. Jones. El sitio de Leningrado.

Desde septiembre de 1941 a enero de 1944 las tropas de la Wermacht sitiaron a la ciudad de Leningrado, antes Petrogrado y más antes (y ahora) San Petersburgo. Durante ochocientos setenta y dos días “Piter” (como cariñosamente llaman a la ciudad sus nativos) sufrió bombardeos diarios con el ánimo de aumentar la destrucción de la condenada gigantesca urbe. Hitlere no quería conquistarla, pensaba destruirla barriéndola de la faz de la tierra, y aniquilando a todos sus habitantes. Por ello se dispuso el cerco con esta finalidad: matar a todos. También ordenó el Führer que no se aceptase ninguna propuesta de rendición y que no se permitiese la huída de civiles hacia las filas alemanas. Así fue que los generales a cargo del asedio dispusieron parte de sus baterías de manera tal que aquellos que parecieran que quisieran entregarse fueran bombardeados inmediatamente, impidiendo que sus tropas llegaran a vislumbrarlos con claridad; de esta manera se evitaba la carga emocional de ametrallar a niños, mujeres y personas ancianas.

Así la ciudad vivió durante casi tres años, pero como las calamidades suelen llegar en multitud a esta cruel decisión nazi se agregó, para la sufrida población, la incompetencia militar y la corrupción generalizada del aparato gobernante. El poder soviético lanzó tropas y más tropas contra muros infranqueables de ametralladores y cañones bien resguardados, aniquilando una parte importante de su ejército destinado a proteger la ciudad; y se acumularon raciones y raciones de alimentos y medicinas para uso exclusivo del partido y sus servidores, mientras el canibalismo y la mortandad masiva cundían por la ciudad desasistida.

Todo esto podría ser el argumento de una mala novela de propaganda política, si no fuese que el autor de este libro documenta rigurosamente todas sus afirmaciones y además se tomó el trabajo de entrevistar a los supervivientes de  esa hecatombe, además visitó todos los lugares mencionados y habló con los conservadores actuales de los museos que, en recuerdo de esos tristes momentos, ahora existen en Piter.

Stalin, quién tenía sus grandes recelos por la ciudad de Lenín, en tanto sospechaba que no le era totalmente fiel, contribuyó a encubrir la catástrofe humana y militar, impidiendo antes del sitio la evacuación de la población más débil e innecesaria para el esfuerzo bélico y posteriormente silenciando la mortandad producida por la hambruna de la población. “Resulta difícil comprender la magnitud de la catástrofe, ni siquiera hacerse una idea de ella. Durante años, Elena Martilla se vio obligada a esconder su cuaderno de dibujos del asedio para que lo encontrara la NKVD.  Llegada la década de 1980 tan sólo se le permitió enseñar un par de dibujos; le dijeron que eran demasiado “psicológicos”, demasiado “pesimistas”. Años más tarde, en 1991, recibió una invitación de una importante galería de arte para exhibir todas sus obras. La invitación procedía de Berlín. “(pág. 345)

Este no es un libro “de guerra” aunque se detallan las operaciones que llevaron al cerco y las que lograron, años después, la liberación de la ciudad. Es un libro sobre el heroísmo callado del pueblo llano, sobre la desesperación que destroza los vínculos más íntimos en las relaciones humanas, y también sobre la violencia, la malicia, la crueldad, y el egoísmo de tanta gente que parece normal… hasta que se demuestra lo contrario.

Ficha Bibliográfica:

Jones(2008), Michael Jones. “El sitio de Leningrado. 1941-1944”. Crítica. Traducción de Joan Trujillo. Barcelona, septiembre de 2008. www.ed-critica.es pág. 362. Tit. Orig: Leningrad. State of Siege

1 comentario:

admin dijo...

qué salvajada y qué cosa más inútil... de verdad, ¿cómo puede ser el hombre lo más cruel para el hombre? ni siquiera los animales se hacen eso... somos lo peor.