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domingo, 31 de agosto de 2008

E. Jünger. Tempestades de acero


Ernst Jünger es una gran escritor en lengua alemana. Nació en 1895 y murió, a los 102 años, en 1998, dos o tres años más (según se cuente) y Jünger habría vivido en el espacio de tres siglos. Su pasaje activo por dos guerras mundiales, sobre todo la primera, ya lo convierten en un hombre con una suerte excepcional. Según mis cálculos (nada precisos pero que pueden dar una idea aproximada), este hombre ha tenido la misma suerte de alguien que se gana el premio gordo de la lotería cada mes, durante cuatro años seguidos. Como puede suponer cualquier mortal de nuestra época… esto es casi imposible. Y Jünger lo hizo.

Si alguien piensa que exagero, por favor, que se tome el trabajo de leer atentamente el libro que lo hizo famoso, que es el que hoy comento, y que me diga después sus conclusiones.

Este libro está compuesto por tres escritos: Tempestades de acero, El bosquecillo y El estadio de la guerra de 1914. Los tres, sobre todo los dos primeros, forman una unidad y describen en primera persona como fue la guerra de trincheras y como capeaban la situación los soldados alemanes que en ellas se encontraban. Por supuesto el autor no las pasó indemne: “Cuando uno se aburre en la cama procura distraerse de múltiples maneras. Así, en una ocasión pasé el tiempo haciendo un recuento de mis heridas. Prescindiendo de pequeñeces comos los rasguños y las contusiones producidas por balas de rebote, mi cuerpo había retenido al menos catorce proyectiles que dieron en el blanco, a saber: cinco balas de fusil, dos cascos de metralla de granada de artillería, un balín de shrapnel, cuatro cascos de metralla de granadas de mano y dos cascos de gradas de fusil; contando las entradas y salidas me habían dejado veinte cicatrices. En aquella guerra en la que ya se disparaba más a los espacios que a los individuos había conseguido que once de aquellos proyectiles dieran en mi cuerpo.” (pág. 36)

Pero más allá de su suerte increíble está el hecho descarnado, cruel, absurdamente dilapilador de la contienda, que Jünger es un maestro de la narración. Por otro lado, también un perfeccionista y a diferencia de otros autores, siguió corrigiendo su libro publicado varias veces, aunque sin alterar lo esencial de ellos. En la versión de 1935 (la primera se publicó en 1920), ya con Hitler en el poder, “eliminó del libro su retrato, la reproducción facsimilar de su firma, la dedicatoria y los prólogos que habían figurado en todas las ediciones anteriores; extirpó, además, todos aquellos elementos que pudieran dar pie a su aprovechamiento por los nazis y agregó frases que hacían imposible su obra para éstos. Un verdadero y peligroso desafío.” (de la Nota Aclaratoria a esta edición, pág. XI). Dejó de hacer revisiones con la edición de 1961, al incluir este libro en sus Obras Completas en diez volúmenes, aprovechando para “realizar una detalladísima revisión y mejora de su obra” (ibid). Gracias a estas sucesivas revisiones estilísticas, a las que aludió Jünger así “Una página de prosa revisada una y otra vez para hacer mejoras en ella se asemeja a una herida a la que no dejamos cicatrizar” (ibid), el libro no es sólo un documento precioso de aquellos hechos, lo que de por sí ya justificaría plenamente su existencia, sino además una obra literaria de envergadura.

La lectura de “Tempestades de acero” estremece, inquieta, y obliga pausarla para poder absorber correctamente un mundo tan terrible y extraño. Leerlo me llevó más tiempo del pensado, y aún así considero que he corrido demasiado y que dentro de un tiempo me obligaré a releerlo más despacio aún. No tiene nada que ver con las películas, o los documentales que hemos visto sobre la primera guerra mundial. Estamos habituados, por así decirlo, a la visión de las trincheras embarradas, de las ratas colgadas en hileras por soldados ociosos, o de los campos destruidos y con una panorámica lunar, pero es como observar la vida en un museo de cera. Puede darnos una idea de lo que sucedió, de cómo vestían los personajes, de cómo eran sus cacharros habituales y las poderosas armas que usaban, y nada más. Tampoco un libro puede transmitirnos todo lo que sucedió. Más de los medios que tenemos a nuestra disposición para recrear el pasado un buen libro escrito por un testigo, sigue siendo irreemplazable y el vehículo más confiable para transportarnos al pasado que elegimos.

Sinceramente parece imposible que el ser humano pueda vivir en una guerra así (no ya ganarla, que esto es algo que escapa a la inteligencia de los participantes en esta ceremonia de la muerte); cómo se puede sobrevivir atravesando una barrera de bombas que explotan continuamente en un fuego continuado que dura horas y horas. Cómo se puede llegar a predecir la caída del proyectil que está dirigido hacia nosotros, y cómo el cuerpo y la mente reacciona cuando la probabilidad de salir indemne es infinitesimal.

Por eso digo que el libro no debe leerse rápidamente, es una falta de respeto hacia los que murieron, es casi obsceno no detenerse luego de cada párrafo y darse cuenta de lo que significan las palabras que acabamos de leer. No es un libro para entretenerse, aunque también lo logra; no es un libro para historiadores, aunque también enseña (por ejemplo la lucha en y dentro las trincheras es difícil de imaginar para un hombre de nuestra época); es una ayuda a nuestra imaginación y a nuestra capacidad de emocionarnos por algo que no vivimos en primera persona. En pocas palabras, considero que debe ser leído con respeto.

Y para terminar selecciono un párrafo que no es más llamativo que otros, pero quizá sirva de aproximación al futuro lector:

“Por todas partes cruzaban apresuradamente la noche y el fuego tropas que iban a relevar a otras y tropas que habían sido relevadas. Muchas de ellas se encontraban totalmente desorientadas y, a causa del nerviosismo y del agotamiento, lanzaban gemidos. En medio de todo aquello resonaban llamadas y órdenes, así como los prolongados gritos de socorro, que se repetían monótonamente, de los heridos perdidos en el campo de embudos. Yo proporcionaba informaciones a los soldados desorientados cuando pasaba corriendo junto a ellos, sacaba a unos de los agujeros abiertos por las granadas, amenazaba a otros que querían tirarse al suelo, gritaba constantemente mi nombre para mantener agrupados a todos los míos, y así conseguí, como por milagro, que mi sección retornara a Combles.” (pág. 108)

De la edición Tusquets nada que objetar, excepto, quizá, la ausencia de un mapa que pudiera orientarnos en las principales batallas que se describen. Algo recomendable para futuras reediciones.

Ficha Bibliográfica:

Jünger(1920), Ernst Jünger, “Tempestades de acero”, Tusquets Editores, Tiempo de Memoria, www.tusquetseditores.com, 2da. Edición, marzo de 2008. pp.448. Basada en el texto de las Obras completas de Ernst Jünger. Títulos originales: In Stahlgewittern, Das Wäldchen 125, Kriegsausbruch 1914, Ernst Klett Verlage GmbH u Co. KG, 1983.

Traducción del alemán de Andrés Sánchez Pascual.

miércoles, 13 de agosto de 2008

J. le Carré. La canción de los misioneros

Siempre me asombró que un autor como John le Carré (1931) hubiera alcanzado la fama mundial, ya que no es un autor fácil ni sus tramas son trepidantes, así que a priori no reúne las condiciones mínimas para producir best sellers como los habituales.
Todos sus libros (por lo menos los que he leído en el transcurso de estos años) tienen personajes complicados, argumentos que requieren un esfuerzo importante para entender sus sinuosidades, y un tono general en la redacción que oscila entre el humor suave o la caricatura salvaje. Por otro lado se permite saltos temporales y de personajes que si uno lee no muy despierto corre el riesgo de perder completamente el hilo de la narración.
Decididamente su éxito es un misterio; y hablando de estas cosas su último libro "La canción de los misioneros" me hizo acordar a aquel conocido libro de Kafka llamado "La Metamorfosis". Sí, aquel del hombre que amanece convertido en cucaracha, y salvo este pequeño accidente inesperado todo lo demás es normal y por supuesto también lo es la reacción de sus parientes próximos. Pues bien, John le Carré sitúa un hombre honrado, que cree en sus superiores y en lo que ellos defienden, en el corazón del Servicio Secreto británico y lo que le sucede en cierta forma es equivalente a la cucaracha de Kafka.
Como bien sabéis en este blog nunca, o casi nunca, se describe el argumento del libro que se comenta. Esta tarea se la dejo al lector, que bien se lo merece. Lo que sí puede adelantar es que la cebra de la tapa tiene su razón de ser y que el nombre "La canción de los misioneros" también la tiene, aunque es probable que más de un lector tenga que pensar un largo rato hasta encontrar el sentido de un nombre tan raro. Sentido que por otra parte está claramente expuesto en el libro, y ya se sabe que si quieres esconder algo nada mejor que colocarlo a la vista pública.
¿Es recomendable este libro? La respuesta no es sencilla, al igual que la trama que teje el autor. Si le gustan los best sellers yo no lo aconsejaría. Si le gustaron los otros de J.l.C entonces no tenga Ud. ninguna duda; si no conoce al autor, todo dependerá de su capacidad de arriesgarse y sumergirse en un estilo que pareciendo irreal es profundamente realista, y que contando una fábula tiene más información que la que le proporciona su diario matutino. Como muestra de lo que afirmo transcribo un fragmento de los "Agradecimientos" finales: "Mi más sinceras gracias a (...) por su asesoría periodística y espiritual; y a (...) por cuestiones de medicina y enfermería. Estoy muy en deuda con (...) por sus conocimientos únicos y su orientación durante mi breve visita al Congo oriental; a (...), renombrado veterano y cronista de las guerras mercenarias (...) John Le Carré, Cornualles, 2006"
Nota: el hecho de que este libro haya aparecido en edición de bolsillo, muy cuidada por cierto, es también una ventaja añadida si tenemos en cuenta la crisis que por esta época nos azota.
Ficha bibliográfica:
Carré(2006), John le Carré, "La canción de los misioneros", De Bolsillo, 1ra. Edición Barcelona, octubre de 2007, pp.367. Tit.Orig: The Mission Song.
La edición trae en la solapa una foto del autor "en el lago Kivu", que nos garantiza que él o su avatar estuvo por la zona donde transcurre el nudo de la acción.